Joan del oso

Había una vez, una mujer que cada día iba a cultivar la huerta que se había hecho cerca del bosque. Ella no sabía que mientras regaba la lechuga, emparraba las habichuelas o recogía las hojas de col, el oso estaba espiándola detrás de un pino. Una tarde el oso salió del bosque, cogió a la mujer como un paquete y se la llevó al medio del bosque. Una vez entraron  la cueva, la bestia hizo correr una roca enorme y bloqueó la entrada. Después le saco la ropa y se la hizo suya

A la siguiente mañana, el oso madrugó, movió la piedra y salió de la cueva. Una vez fuera cerró de nuevo la entrada para que la mujer prisionera no se pudiera escapar.  Por la noche el oso volvió cargado de costillas de cordero para la mujer. Cada día el oso hacia lo mismo: partía de madrugada y regresaba a la noche cargado de carnaza.

Al cabo de nueve meses, la mujer dio a luz a una criatura extraña. Tenía la fisonomía de una persona, pero era peluda y corpulenta como su padre. Un día que el oso había salido, el chiquillo movió la piedra de la entrada y se escaparon madre e hijo.

Aún no habían salido del bosque cuando el oso les cerró el paso. La fiera pegaba unas voces que los dejó helados. Joan, en vez de temblar, se tiró encima de la fiera, lo cogió por el cuello y lo estranguló. Después los dos volvieron hacia el pueblo.

Al pueblo, todos lo llamaban Joan del oso. Iba a colegio con los otros niños, los cuales a su lado parecían poca cosa. Cuando jugaban con el siempre salían aturdidos, la maestra tampoco le podía hacer entrar en razón y al final tuvo que abandonar los estudios.

Harto de oír quejas de su madre i de todo el mundo, Joan decidió marchar de aquel pueblo de endebles. Antes de irse, fue a casa del herrero y le encargó una gran barra de hierro macizo. La barra pesaba tres quintales pero él la llevaba como si fuera un bastón de avellano.

– Con un solo golpe, podía partir un roble.

Después de un tiempo de andar, vio como un hombre se abrazaba a un pino y lo rompía de raíz. Este, aún de be ser más fuerte que yo, pensó Joan.

– ¿Cómo te llamas?

– Arrancapinos – respondió el forastero.

– Si quieres venir conmigo, nos podemos ganar la vida juntos.

– Estoy harto de trabajar solo – resopló Arrancapinos -.

Y se marchó con Joan.  Camina que caminaras, se encontraron con un jovenzuelo que con una pisada allanaba un monte.

– ¿Cómo te llamas?

– Pisa montes.

– ¿Quieres venir con nosotros?

– ¡Vamos! – dijo el gigante quitándose el polvo de los pantalones

Al cabo de unas horas, vieron al final del bosque un mozo que de un soplido hacia correr las nubes del cielo. Como si fueran plumas de gallina.

– ¿Cómo te llamas? – Dijeron desde lejos

– ¡Viento del norte! Le propusieron hacer cuadrilla con ellos y él no lo pensó ni un segundo. Los cuatro acordaron quedarse en el bosque y vivir de la caza.

Joan fue al pueblo a comprar cacharros de cocina para cocer la comida, mientras los otros fueron  a talar unos cuantos árboles y construyeron una cabaña.

El primer día Arrancapinos se quedó a la cabaña para hacer la comida. Cuando llegó el momento de comer, los compañeros cazadores acudieron con un hambre que se hubieran comido un buey entero.

– No sé qué me ha pasado – dijo el cocinero – pero cuando tenía la calderada cocida, ha llegado alguien y me la ha robado.

– ¡Burro, más que burro! – le decían los otros.

– Mañana me toca a mí – dijo Pisa montes-.

Si se acerca alguien lo dejo hecho pedazos

Pero le paso lo mismo que a su compañero; cuando se dio cuenta la cazuela había desaparecido, y al tercer día a Viento del norte le volvió a suceder.

– ¡Sois una cuadrilla de empanados! – chillo Joan del oso -.

Ya veréis como mañana comeremos caliente. Al día siguiente, se quedó de cocinero él. Armado con la barra de hierro vigilaba que nadie se acercara sin perder de vista la perola.

Cuando la olla ya hervía, encima de las llamas se distrajo un momento para coger unos troncos. Al levantar la vista la perola ya había desaparecido. Se dio media vuelta y vio una viejecita que corría como un rayo con la perola en las manos. Salió como una centella detrás de ella y cuando ya casi la tenía, la mujer se esmuño en un agujero.

Pero la ladronzuela con tanta prisa perdió una manzana. Joan se la guardo en su faja.

Cuando llegaron los otros, Joan les contó lo sucedido y les mostro el escondrijo de la viejecita. Todos quisieron entran por el agujero para poder recuperar la comida perdida en la cacerola.

– Si tienes problemas haz sonar el cencerro y te subiremos arriba – le dijeron-

Al momento se escuchó el sonido metálico y lo subieron rápidamente.

– ¿Qué has visto?

– Nada, pero todo está muy oscuro y tengo miedo.

– Eres un cobarde – dijo Pisa montes – Ya bajaré yo.

Bajó un poco más abajo, pero también sonó el cencerro y lo subieron con los pelos de punta. El tercero Viento del norte recorrió un poco más de camino pero también lo tuvieron que sacar cagado de miedo.

– ¡Sois unos miedicas! – remugo Juan -. Atadme a mí y si hago sonar el cencerro aflojar cuerda. Así lo hizo y cuando oían el sonido metálico aflojaban más y más cuerda. Hasta que llego al fondo de un pasadizo largo y oscuro.

– Ya he llegado grito Joan, tiradme la barra de hierro.

Cuando tuvo la barra prosiguió el camino y de repente se encontró en un palacio muy bonito. Estaba cerrado con llave y cadenas pero con la barra le dio un porrazo que las partió.

Se adentró, y se encontró con tres chicas preciosas.

– Estamos prisioneras de la bruja – le dijeron llorando.

– Tengo un hambre que me muero – dijo Joan -. ¿No tendréis aunque sea un trozo de pan?

– Estamos prisioneras no tenemos hambre, ni nada para darte– le dijeron.

Entonces Joan se acordó que llevaba una manzana en la faja, la saco y fue a pegarle un mordisco cuando apareció la viejecita.

– Pídeme lo que quieras pero no te comas la manzana, porque es como si me comieras a mí.

– Muy bien, pero entonces saca a las tres chicas de aquí y llévalas a fuera de este escondrijo con mis compañeros.

Al instante las tres chicas estaban libres, luego Juan retrocedió el camino por donde había entrado. La cuerda que había quedado colgada, ya no estaba.

-Estos granujas me la han bien jugado, cuando los pille les haré añicos.

Cogió de nuevo la manzana para morderla y volvió aparecer la vieja sollozando.

– ¡No la muerdas por favor te lo pido! ¿Qué quieres que haga?

-¡Llévame a fuera!

En un abrir y cerrar de ojos, se encontró a la entrada del agujero, pero sus compañeros ya no estaban ni las chicas tampoco, miro por cabaña y tampoco.

– Estos se han largado al pueblo, pensó.

Y corriendo como una liebre fue hacia el pueblo, de repente escucho las campanas d la iglesia que tocaban a bodas. Se adentró hasta el altar y en momento justo que el cura iba a casar a sus compañeros con las chicas, le pega un golpe de barra a Arrancapinos que le rompe un brazo. Porrazo a Pisamontes en la pierna y Viento del norte que se las ve venir sale como un tornado por la puerta de la iglesia

Entonces Joan eligió  a la chica más bonita y se casó.

Y fueron felices y comieron perdices y  con Joan del oso casado este cuento se ha acabado.

 

Contado por Miquel de Guillem a Norís (Vall Ferrera) y recopilado por Pep Coll en el libro “Muntanyes maleïdes”

Editorial Empúries, Barcelona, 1994